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¿El artista equivocado... o el mensaje que no quisimos escuchar?

Por Fernando Guel




El pasado domingo, durante el Super Bowl, algo más que un espectáculo ocurrió en el escenario, la presentación de Bad Bunny desató aplausos, críticas y un debate inmediato: ¿Era el artista indicado?, ¿representaba lo que debía verse ahí?, ¿o el rechazo a su música nos impidió ver algo más profundo?


Tal vez la pregunta correcta no es quién estuvo en el escenario, sino qué fue lo que realmente se dijo desde él.


A veces el problema no es lo que se dice, sino desde dónde se mira, aquí lo importante es abrir el debate alrededor de Bad Bunny se fue, casi de inmediato, hacia sus canciones: letras que para muchos resultan excesivas, provocadoras, incluso contrarias a valores como la dignidad humana, la familia y la formación ética del núcleo social, esa crítica es válida. No se puede —ni se debe— ignorar.


El problema surge cuando ese rechazo se vuelve total. Cuando la desaprobación al artista cierra la puerta al análisis de algo distinto, algo que ocurrió frente a millones de personas y que merece ser leído con más calma: el espectáculo.


Porque el medio tiempo del Super Bowl no fue un concierto común. Fue un acto cuidadosamente construido, cargado de símbolos, cada momento tuvo intención, las banderas de los países latinoamericanos no estuvieron ahí como decoración; estuvieron como afirmación de existencia, escuchar la palabra latinos en un escenario donde durante décadas se ha repetido la idea de que “América” es solo Estados Unidos no fue casualidad.

Fue un mensaje claro: América es un continente, diverso, plural y profundamente interconectado.


El uso del español —por primera vez protagonista en ese escenario— tampoco fue un accidente no fue concesión ni moda se debe decir con todas sus letras es identidad, el espectáculo habló de migración, trabajo, orgullo, esfuerzo y pertenencia habló de millones de personas que forman parte de la vida cotidiana del continente, pero que rara vez se ven representadas en los grandes relatos.


Podemos debatir, con toda legitimidad, si ciertos contenidos musicales alejan a la sociedad de los temas torales que hoy se reclaman: la unidad, el bien común, la responsabilidad social, la participación ciudadana, ese debate es necesario. Pero confundirlo con el significado del espectáculo es un error. Aquí no se trató de letras, sino de visibilidad no se trató de provocación, sino de dignidad.


Incluso la incomodidad que generó el mensaje en ciertos sectores —especialmente en quienes simpatizan con discursos excluyentes como los impulsados por Donald Trump— confirma su impacto, los mensajes que incomodan no siempre son vacíos; muchas veces rompen narrativas que se habían dado por incuestionables.


Separar estas dos cosas no debilita los valores, al contrario, los ordena. Una democracia sólida no se construye desde la cancelación automática, sino desde el discernimiento.

Defender la familia, la libertad, el Estado de Derecho y la dignidad humana también implica saber distinguir cuándo un mensaje —aunque venga de un lugar incómodo— merece ser entendido.


Porque mientras algunos se quedaron discutiendo al cantante, millones se vieron reflejados por primera vez en ese escenario. Y quizá ahí esté la verdadera pregunta que dejó el Super Bowl:  ¿rechazamos al artista… o dejamos pasar el mensaje?

 

 
 
 

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