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Una sociedad deshumanizada

El 2024 ya está aquí. Los primeros días del año motivan el planteamiento de una lista de propósitos que rara vez se cumplen. Una de las voluntades manifestadas con mayor frecuencia es “ser mejor persona”, un deseo tan loable como difícil de consumar.



Por Manuel Gómez Puyuelo

12/01/2024


En este caso, del dicho al hecho no media un trecho, sino un abismo. El concepto de humanidad, entendido como el conjunto de aptitudes morales y la cooperación entre semejantes, vive una crisis que amenaza con arrojarnos al precipicio de la falsa felicidad. La sociedad sufre una perversión originada por los postulados de la corriente ecocentrista que abraza árboles a la vez que recorta libertades. El supremacismo ecologista radicaliza una buena causa para dañar a las personas. Es comprensible el desencanto o escepticismo experimentados a raíz de ciertos comportamientos humanos. Hay gente miserable que merece ser enviada a la remota prisión rusa del Círculo Polar Ártico. Ahora bien, la conducta deleznable de algunas personas no debe suscitar la tentación de renegar de la humanidad y comprar el falaz humo proveniente de los bienhechores del medio ambiente. Estos catastrofistas que dicen actuar por el bien del planeta se están introduciendo peligrosamente en nuestras vidas ordenándonos todo lo que debemos hacer: cómo y por dónde movernos, qué comer, cómo vestirnos, etc.

Existen muchas situaciones que ponen de manifiesto el retroceso humano que estamos padeciendo. Esta sociedad ha alcanzado el cruel punto de prestar más atención a un perro callejero que a un indigente. Mientras que la persona es ignorada, las redes sociales se movilizan en busca de un hogar para el animal. Hay un caso particular que desgraciadamente tiene como protagonista a España. En nombre de la pandemia, y con la complicidad del silencio ciudadano, limitaron y prohibieron el derecho esencial de la libertad de movimiento. Eso sí, hubo una excepción insólita: las personas con perro podían salir a la calle a pasear. Los niños, sin embargo, debían permanecer encerrados en casa. Los canes y sus dueños gozaron de una mayor libertad para moverse que el resto de la población. Fue aberrante, al igual que la ley aprobada por el infame Gobierno de Sánchez que equipara legalmente a los animales con las personas. Lo más hiriente de esta ley es el hecho de que los animales están más protegidos que los niños nonatos. Los animales son calificados como “seres sensibles con dignidad”, prohibiéndose su sacrificio en la mayoría de los supuestos. Mientras tanto, el infanticidio de pequeños seres humanos inocentes, conocido con los eufemismos de aborto o interrupción del embarazo, es legal y está considerado un avance social.

En España ya hay más mascotas que niños, dato que pone de relieve la labor destructiva de este gobierno globalista que, bajo el amparo de la Agenda 2030, pretende acabar con el concepto tradicional de familia. El actual empleo de la palabreja “perrijo” denota el nivel de memez alcanzado. Conceder a un perro el trato que se brinda a un hijo resulta obsceno y evidencia el sinsentido que impera en la sociedad.

Otra realidad de la deshumanización es la pésima atención al cliente y al paciente. En muchos negocios venden, pero no atienden. En algunas ocasiones ni siquiera se emiten saludos o intercambio de palabras; despachan a la gente en la acepción negativa del término. Las comunicaciones telefónicas son aún peor, normalmente responde una máquina que encalabrina al más pausado. Al menos, existen los mercados y los tianguis donde prevalece el trato amable, aunque las ventas por internet pueden provocar en un futuro no muy lejano su desaparición o merma. Hasta en los hospitales se está perdiendo el detalle de la atención. Los pacientes solo son un número de habitación. Muchos sanitarios ejercen de funcionarios que únicamente van a cumplir su jornada laboral, sin ninguna clase de empatía, humanidad o vocación de servicio.

Este proceso de deshumanización se está acelerando a causa de la digitalización de la vida. Desde una temprana edad, los niños son maleducados por sus padres con el empleo frecuente de móviles y tabletas. Existe un abuso de pantallas que debe cesar. La clave, como en tantos otros temas de actualidad, es no sucumbir a la presión social; ha de dar igual que otros niños dispongan de teléfono o pierdan el tiempo de ocio con los videojuegos. Los padres deberían mostrar una menor condescendencia y una mayor implicación, enseñándoles a sus hijos el uso adecuado, tanto de contenidos como de tiempo, de los dispositivos electrónicos.

No cabe duda de que el uso constante de aplicaciones y aparatos tecnológicos ha restado comunicación personal y afectividad al ser humano. El móvil se ha convertido en una prolongación del cuerpo (hombro, brazo, mano y celular). Son habituales las penosas escenas donde todo el mundo permanece con la cabeza agachada viendo el teléfono, ignorándose unos a otros, en el transporte público, en los trabajos, en la calle, en las casas. En los eventos ya no se interactúa ni se disfruta del momento como antes; hogaño la gente está más pendiente del móvil para hacer fotos o grabar vídeos con el afán de publicarlos en las redes sociales y fingir felicidad.

Las redes son sinónimas de postureo y fariseísmo. Las poses de cara a la galería abarrotan el espacio cibernético en busca de reacciones y seguidores. La mayoría de los usuarios son seres inseguros obsesionados por la aceptación de la gente. El mundo virtual muestra infinidad de ángeles que luego la vida real se encarga de desenmascarar. Otra farsa que circula por el ciberespacio es la psicología barata. Algunos de sus dogmas, como el “soltar y dejar ir”, también están contribuyendo a la deshumanización de la sociedad. Basándose en tal creencia, hay quien cambia más de compañía que de camisa. Ahora es muy fácil desprenderse de las personas, darse por vencido a la primera dificultad. ¿Acaso se hubieran vivido toda clase de epopeyas o grandes historias de amor si las personas hubiesen optado por abandonar sus convicciones o deseos ante la aparición de un obstáculo? La sociedad actual carece del espíritu de lucha característico de generaciones anteriores. Las personas mayores que rebosan la sabiduría propia de la experiencia ya no son escuchadas. Los jóvenes prefieren oír y contemplar una pantalla.

Tanto en el mundo virtual como real, hay que tener mucho cuidado con quienes alardean de pseudohumanidad. Algunos ensoberbecidos buscan únicamente el reconocimiento público para alimentar su ego e incluso el bolsillo. Otros se creen seres de luz, aunque es más apropiado llamarles iluminados (el masculino genérico incluye a las iluminadas). Son especialistas en la venta de humo al por mayor, charlatanes que se aprovechan del papanatismo de la gente y solucionan todo tipo de problemas con los mágicos decretos al universo. Los verdaderos seres de luz son personas de naturaleza humilde y bondadosa que se preocupan y ocupan por los prójimos que les rodean. Se distinguen por sus gestos de bonhomía y por ejercer valores sobresalientes como la lealtad y la congruencia. La lealtad es un tesoro que todos quieren recibir, pero casi nadie puede dar. La congruencia, tan difícil de lograr, conjuga al unísono los verbos pensar, hablar y actuar.

Una disciplina en boga que aspira a colocar el último clavo del ataúd de las relaciones humanas es la inteligencia artificial. Los programas informáticos están ejecutando acciones basadas en el aprendizaje y el razonamiento lógico. La inteligencia humana está dando un peligroso relevo a la artificial. Las máquinas están sustituyendo a las personas causando un desempleo que irá en auge (se estima que durante esta década pueden desaparecer más de mil profesiones). Debería ser la inteligencia artificial quien estuviera al servicio del ser humano, no al revés.

Un aspecto positivo de esta ciencia es el progreso que experimentarán los tratamientos de algunas patologías, sin embargo, su uso en otros ámbitos entontecerá a las personas, haciéndolas más comodonas y menos pensantes. La inteligencia artificial está evolucionando a tal velocidad que en un periodo de tiempo relativamente corto superará a la humana. Urge, por tanto, una estricta regulación que entre en vigor lo antes posible. Es fundamental establecer unos límites que frenen el ansia de gloria personal y económica de los cerebritos de Silicon Valley.

No todos los avances científicos son favorables. El exceso de poder tecnológico puede generar un retroceso en cuanto a ética y valores, pues las máquinas están desprovistas de la capacidad humana de diferenciar entre el bien y el mal. Ahora más que nunca es preciso destacar el valor añadido de las personas: las emociones. Las máquinas y los algoritmos carecen de la sensibilidad propia del ser humano; no aman, no sufren, no se ilusionan, no tienen sentido del humor, no se indignan…

Si no se contienen a tiempo los despropósitos descritos, el mundo sufrirá una abrupta alteración que desencadenará un desequilibrio fatal. La senda de la deshumanización nos conducirá a un nuevo orden donde el hombre estará sujeto al escrutinio de las máquinas. La deriva que está tomando la sociedad no invita al optimismo, pero la resignación no es la solución. ¡Sigamos batallando y alzando la voz!



 


Manuel Gómez Puyuelo



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