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Por eso no me vestí de morado

Por Paulina Pérez 11/03/2023



Luces moradas contra los edificios en todas las ciudades, cartones con consignas de batalla, mujeres caminando rumbo a una plaza pública; una revolución amable, permitida, auspiciada. En las oficinas, los trabajadores visten del color del día; en las escuelas los niños portan, por encargo de los profesores y con la avenencia de sus padres, detalles violetas en el uniforme; la postura política es una tarea del colegio.

Desde la narrativa que avanza, conmemoramos el 8 de marzo; conmemoramos en lucha. Ningún otro juicio sobre esta fecha resulta correcto: si recordar se queda corto, celebrar a las mujeres es un crimen moral que se paga con un escarnio público del que no se salvaría ni el mejor intencionado, ni la más bondadosa. El 8 de marzo se conmemora por norma salvo pena.

Conmemoramos, pues, la muerte de casi 150 trabajadoras textiles calcinadas en una maquila de Nueva York. Según Guiomar Huguet Pané, en su texto “La trágica historia de por qué el morado es el color del feminismo”, publicado en línea en National Geographic y actualizado cada 8 de marzo: las trabajadoras exigían mejores condiciones laborales y un accidente que incendió la fábrica y las puertas cerradas del establecimiento terminaron con sus vidas.

Pero es mucho más fácil suscribir una narrativa que afiliarse a un movimiento político; por eso hay que contar historias, por eso hay que generar vínculos emocionales. Nadie, en 2023, podría sostener, en serio, que las mujeres mexicanas estamos disminuidas constitucionalmente frente a los hombres; pero en el discurso, en las consignas de los cartones de las manos alzadas, en la verdad permitida, parece que estamos desamparadas, parece que sobrevivimos apenas a una realidad que está diseñada para aniquilarnos; una realidad, además, dominada por los hombres que amamos, por los cercanos, por los que conocemos, por los que no y por los que no saben siquiera que existimos.

Todas las versiones, sin dejar de lamentar la cierta, la que sea, cuentan un relato con el cuál es imposible no temblar de angustia: unas dicen que los empresarios las dejaron encerradas y les prendieron fuego así nomás, por ser mujeres; otras afirman que las hicieron arder para evitar una huelga; en todo caso, sólo una versión es verdadera; pero todas, en conjunto, cuentan una historia de la que no se sale ileso; remolino en la panza mezcla de rabia y pesadumbre. Por eso es mucho más fácil suscribir una narrativa que afiliarse a un movimiento político; por eso hay que contar historias.

Pero hay que decir, en honor a la verdad, que el morado no representa los derechos de las mujeres, el morado representa un movimiento social específico con el cual una inmensa mayoría no comulga, una mayoría que no supone necesario vivir en lucha, una mayoría que se sabe igual en dignidad y en derechos ante la ley. El feminismo y los derechos y las libertades de las mujeres son cosas distintas, aunque en esta narrativa furiosa sea casi imposible decirlo en voz alta.

El morado es una parcialidad que no me cobija, una parcialidad que repudia públicamente a las mujeres, como yo, que no adoptamos todas y cada una de las reglas y consignas del feminismo; una parcialidad que desprecia a las mujeres que no vemos la legalización del aborto como un derecho, una parcialidad que menosprecia a las mujeres que no nos consideramos víctimas de nacimiento, una parcialidad que insulta sin tregua a las mujeres que mostramos la menor disidencia; una parcialidad que representa las ideas de ciertas mujeres y ciertos hombres, no a las mujeres; una parcialidad en la que no quepo.

Ser mujer y no ser feminista no es una contradicción, como encarecidamente señalan los aficionados a las frases tribuneras; el feminismo es un movimiento político que nos excluyó a mí y a todas las mujeres que entendemos que no solo nos define nuestro género; sino, entre muchas otras cosas, nuestras ideas. Y yo reclamo todavía mi derecho a pensar libremente.

Por eso no me vestí de morado, primero: porque no me parece correcto que el Estado y la iniciativa privada intenten imponer las filias políticas de algunos de sus cabezas sobre las personas que laboran y colaboran con ellos; y segundo y más importante: porque no soy feminista; y en una sociedad como la nuestra, en donde valgo lo mismo que cualquier otra persona y en la que tengo los mismos derechos y las mismas libertades que cualquier otro, lo elijo así.



 

Paulina Pérez

Instagram: @mapaulinap

Twitter: @MaPaulinaP


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