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La verdad incómoda y el relativismo friendly

En una reflexión anterior se comentó que la sociedad actual particularmente la occidental –y, podría decirse, en general, la occidentalizada–, es altamente relativista. En nuestros días, la realidad no se afirma como efectivamente es, sino como cada quien quiera o crea que es. En otras palabras, en el relativismo “cada quien tiene su verdad” y se intenta que las cosas son lo que cada quien piensa que son. Así pues, queda descartada la posibilidad de conocer las cosas y declarar su naturaleza objetivamente.


Un entorno como ese lleva a que la sociedad padezca varias patologías. Una de ellas es el surgimiento de la posverdad, que distorsiona dolosamente la realidad y la verdad, a partir de la emotividad y la multiplicidad de opiniones –individuales y colectivas–, que conviven desordenadamente. Dicha manipulación tiene la finalidad de imponer un modo de pensamiento único por el interés de persona, institución o grupo de poder –de muy diversas clases–.

La posverdad es la consecuencia de determinar lo que son las cosas de forma intencionalmente desviada. Se trata de una deliberada tergiversación de la realidad, es decir, de un conjunto de maniobras dirigidas a la imposición de nueva forma de verdad, cuya validez no depende de la percepción personal –como en el relativismo–, ni de la efectiva adecuación del intelecto con la realidad –como en el realismo–, sino de que se encuentre definida por un grupo de poder, o bien, por un sector que, al menos en apariencia, represente a una mayoría. En la posverdad, por tanto, las cosas no son lo que son, ni lo que se cree o quiere que sean, sino lo que, desde el poder –económico, político o social–, se ha afirmado que son

La posverdad es, en síntesis, una mentira o falsedad que se termina aceptando como verdad, a causa de haberse reproducido indefinidamente –esto es, repetirla mil veces, como sugirió Goebbels–, o bien, porque ha sido maquillada para ser aceptada a fuerza de los años. Desde luego, la actitud acrítica de quienes la perciben impasiblemente aumenta la fuerza del mensaje de la posverdad y provoca su difusión.

La posverdad, como puede intuirse, es detectada y tiene una mala bienvenida entre quienes sí conocen la objetividad de la verdad, sin embargo, termina siendo bien recibida por quien habiendo conocido la propuesta posverdadera ha perdido su capacidad de rechazar lo falso, casi siempre porque la posverdad es clásicamente seductora, y se ostenta como la mejor y más cómoda de las opciones, a pesar de ser evidentemente divergente de la verdad.

Un vívido ejemplo de la posverdad es que nadie dudaría, queriendo encontrar el método más rápido para bajar de peso, que lo ideal es tomar un “producto milagro” –o someterse a una cirugía estética– en lugar de optar por la molestia de hacer ejercicio físico y alimentarse saludablemente todos los días. En un caso como ese, la verdad tiene mala prensa porque resultaría sumamente incómodo optar por hacer ejercicio y una dieta esforzada, si se tiene a la mano el “producto milagro”. Esa parodia de la posmodernidad es trasladable a otros ámbitos de la vida humana en los que optar por la posverdad puede resultar sumamente pernicioso, como la definición de lo bueno, lo jurídico y lo justo, y también, la determinación de los derechos humanos, por ejemplo.

Frente a la posverdad existe el remedio de recurrir al análisis objetivo de la realidad buscando descubrir la naturaleza de las cosas sin pretender imponerla. Para conocer la verdad es necesario reconocer que la realidad existe más allá de la percepción de quien la observa, y que las cosas en general son lo que son, mas no lo que se opina, se cree o se piensa que son, y mucho menos, lo que un grupo de influencia afirma que son.

Para vencer a la posverdad se requiere poseer la voluntad de resistirla y tener presente que las tendencias mayoritarias sobre uno u otro tema no necesariamente son las correctas. Eso obliga enfrentarse a modas y deslindarse de la corrección política, pero también a formarse, tener esperanza y asumir una postura intelectual autocrítica –consumir más clásicos y menos Prozac, como lo ironiza Lou Marinoff–. Hacer frente al relativismo y la posverdad puede parecer incómodo o difícil, sin embargo, ofrece la recompensa de encontrar una libertad genuina, y no la libertad degradada de la sociedad líquida de Bauman, en la que los compromisos que existían en el pasado con la verdad, el sentido común y, hasta la razón, se han roto.


 

Gustavo Garduño

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